Nosotras tenemos el poder de cambiar el mundo con nuestros hijos, o nuestro arte de dar vida, pero requiere de tiempo y conciencia, mucha, para romper los patrones y arquetipos que nos mantienen entre otros temas, atacándonos entre nosotras o criando hijos machistas o mujeres dependientes.

Siempre quise ser mamá, pero nunca creí que a veces fuera tan difícil…



Siempre quise ser mamá, pero nunca creí que fuera tan difícil, que se necesitaría tantísima paciencia. Pasas del amor más puro, al descontrol, al asombro, al agobio de ser parte responsable del futuro de la humanidad —vaya valor de las madres o de todo aquél que educa—.

Y no exagero, es así, y es más duro cuando la responsabilidad cae solo en nosotras, lo que pasa es que la inercia del día a día nos come y a veces vamos robotizándonos también como mamás; no solo como consumidoras, sexo fuerte (pero sometido a través de la historia), superheroinas, bla, bla, bla.

Nosotras tenemos el poder de cambiar el mundo con nuestros hijos, o nuestro arte de dar vida, pero requiere de tiempo y conciencia, mucha, para romper los patrones y arquetipos que nos mantienen entre otros temas, atacándonos entre nosotras o criando hijos machistas o mujeres dependientes.

Siempre quise ser mamá, no a lo Susanita, tampoco era para tanto, era más filosófico mi tema, ser parte del milagro de la vida. Y sí, lo logré, madre de dos varones que tengo a bien educar con amor todos los días. Y ya, no te creas que a veces no me sale con toda la ternura que adorna la frase.

Y es que como crecí con mis dos hermanas, esa inercia de la que hablo me hizo creer que tendría niñas; en la primaria veía a mis compañeros varones y me preguntaba: “¿cómo se sentirá ser niño?”, desde mi mundo femenino era toda una aventura. Pues no, varones y dos, y tan distintos y entrelazados como las montañas y el mar.

Y entonces ahí estoy, un miércoles diez años después, respirando y tratando de que me miren a los ojos para que el pequeño me devuelva el iPad sin enojarse. Porque esa es otra, no lo sabes, ni lo puedes dimensionar, pero al ser mamá la generación a la que pertenecerán tus hijos se habrá transformado muchísimo, y como yo, te cuestionarás si lo estás haciendo bien con la tecnología y otros muchos temas que no te tocaron en tu niñez.

—¡No, y esto no es nada! — dice una de mis amigas que es realista y le gusta ensombrecer los escenarios— espérate que lleguen a los 16.

Y después viene la abuela que como buena bruja sabia, disfruta y ríe de sus años con discreción y me mira con ojos de “toma aire”; yo entiendo el mensaje, cuento con los dedos como cuando aprendí a sumar, los años que me faltan verlos volar con tranquilidad.

Quién podía decirnos que la negociación de las tabletas o el Xbox sería cosa de todos los días. Que antes de los 10 años te harían preguntas existenciales camino a la escuela:

—Mamá, ¿cuál es el sentido de la vida?

Y yo le digo de lo más natural que es algo que debe descubrir él mismo, porque habla del sentido de su propia vida, pero qué voy a saber yo, si estoy en lo mismo cuestionamiento 30 años después.

Así que vaya equilibrio que necesitamos las madres. Amar a los hijos sin idolatrarlos, sin compensarlos con el género masculino (esposo, padre, etc.), sin caer en el síndrome de la María Félix, exitosas pero castrantes… enseñándoles a amar a las mujeres sin idolatrarlas, sin tomarlas como trofeos, siempre con respeto, con conocimiento de la magia de la que somos capaces, pero con equilibrio; los hijos varones también hacen magia, no sabes cuánta.

Ayer, por ejmplo, un día de agobio y responsabilidad con el mundo, los recojo del colegio y me entregan esta tarjeta. Mi cuerpo se vuelve a llenar de vida y de luz dándome fuerza para los diez años que siguen, y los que siguen y los que siguen…

Gracias, vida.

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