Ser papá junto al mar



Ascendían unos metros en el aire, lo suficiente para poder girar y caer, y estiraban el cuello y apretaban las alas contra su cuerpo para entrar como dardos en el agua.

Por Andrés Jorge*

Míralos, le dije a Ian, son pelícanos, están pescando. Y gaviotas. Debe haber un cardumen ahí.

¿Qué es un cardumen?

Muchos peces, pequeños, como una manada, un enjambre, pero de peces.

Mi hijo de siete años se sienta en las piedras a observar la escena. Mati, con tres, no puede entender de que se trata el asunto. Deambula en busca de piedras grandes para arrojar al agua desde el breve puente que une el estero con el mar en Puerto Cancún.

Es diciembre, hay viento, quizá está entrando un nuevo frente frío. Tengo ahora un ojo en el puente y la laguna, con Matías, y el otro en el mar y los pelícanos, con Ian: quiero que él vea todo, y estar yo ahí. Saco mi iPhone y busco la cámara, a esto hemos venido a vivir aquí.

No veo ningún pez, dijo Ian.

Tienes que observar, ten paciencia. Los verás. ¿Ves las gaviotas?

Son cuatro, menos que los pelícanos, y vuelan de un lado a otro tras el amarizaje de aquellos, sin elevarse, solo lo suficiente para llegar a tiempo tras cada zambullida pelícano.

Quieren quitarle la pesca. Fíjate y verás. Cuando el pelícano saca la cabeza del agua con el pez en el pico, si se les escapa un poquito, si la cola queda fuera, ellas intentarán arrancárselo y salir volando con él. El pelícano nunca podrá alcanzarlas.

Eso ocurriría en un instante.

Tienes que estar atento. Observa.

Mati estaba sobre el puente, quejándose del peso de la piedra elegida, rezongando, llamando mi atención, papá, ayula, o ayuna, o ayúa. El juego se trataba precisamente de eso, de buscar juntos la piedra más grande, la que provocará una magnífica tromba abajo en la corriente. Ayuda papá.

Y también se trata de esto: traerlos aquí a que vean la vida como es, y no a través de una pantalla. Una tarea cada vez más difícil; ya no es solo cine o televisión como en mi época, ni siquiera la compu, ahora es absolutamente todo. Lo constato cámara en mano en mi teléfono.

Mis hijos conocerían el mundo natural, físico, palpable, olores, sabores, percibirían en el aire la llegada sutil del otoño y el invierno. Para eso habíamos dejado atrás México D.F. para eso habíamos regresado al mar Caribe, yo, a mi infancia en el campo cubano, cerquita del mar. Otra cosa quizá no podría darles aquí, toda esa oferta cultural de la metrópolis, pero sí este regalo: la vida misma, real, natural, sin editar, sin manipular, sin intermediarios.

La lucha de la vida y la muerte se desarrollaba ahora en el horizonte, a unos pasos de nosotros, y la supervivencia, y la rapacidad, simbolizada por las gaviotas ladronas.

Ellas no pueden pescar así, con este viento, le explico a Ian, no pueden zambullirse lo suficiente, por eso se dedican a rrr… quitarle lo que pueden a los pelícanos.

Iba a decir, roban. Pero me doy cuenta de que el verbo puede causar un torrente de otras preguntas. A primera vista, no todos los ejemplos que nos da la madre naturaleza aplican a la convivencia humana.

Papá, ayula.

Ayudo a Matías a tirar la piedra sobre el puente. Vemos la tromba. La corriente fluye hacia el mar, vigorosa.

Ian, ¿la marea está subiendo o bajando?

Mi hijo quita la vista de los pelícanos por un momento y se fija en el canal ventoso bajo el puente.

Subiendo, dice, y vuelve a lo suyo: fascinado con el festín de pelícanos y gaviotas, la cacería frenética. Pesquería, papá.

Ve por otra piedra le digo a Mati, grande.

Entonces Ian lo ve, la cola del pez en el pico del pelícano. Y también yo. Y la gaviota.

¿Ian, lo ves?

¡Lo tiene en el pico! ¡Ahora sí!

Y como si hubiesen montado el espectáculo para nosotros, el pelícano empieza a girar sobre sí mismo en el agua evitando a la gaviota. La ladrona vuela en círculos alrededor de él, como satélite, sin despegarse, en giros cada vez más rápidos, picoteando. Es solo cuestión segundos, pero la imagen no puede ser más elocuente. Hasta que el pelícano se decide: levanta el pico en vertical y abre un poco para que el pez caiga garganta abajo y engullirlo.

La gaviota lanza el picotazo, pero solo encuentra el pico cerrado. El pelícano estira el cuello, se sacude e hace camino al pez en su interior.

¿Viste, pa, viste?

¿Quién se lo llevó?

El pelícano, claro. Guau, pa.

La gaviota vuela tras el flechazo de otro pelícano contra la superficie. Las grandes aves siguen subiendo y bajando, trazando arcos mínimos y rectas como balas. Se zambullen a medias y reaparecen con su presa en el pico, o sin ellas, para ser asediados por las gaviotas.

¿Viste cómo caen en picada?, le digo a Ian, eso es caer en picada.

Ian ha aprendido el término en un programa de unos hermanos Kraff o algo así que ve en Netflix. Ahora estamos como yo quería, en el mundo real, el que anhelo heredarles, un entorno cercano a aquel en el que yo mismo agradezco haber crecido, y que se está perdiendo, y una sensibilidad que vaya a la par con la preservación de ese mundo.

Es volar en picada, papá, no caer.

Así es, tiene razón. Por eso no dije robar. Tiene ese sentido, esa vocación por significantes y significados, tiene a su madre, me tiene a mí, que vivimos escarbando entre palabras, oraciones y párrafos, en el sentido de todas las historias.

Papá, ayuna.

Voy con Mati. Lo ayudo ahora con una piedra que apenas puede levantar, junto al puente. Afanoso siempre, lento con las palabras este otro, pero fuerte, coordinado, meticuloso.

Cuando estamos sobre el puente, Ian nos alcanza.

Espérenme, dice. Va por su piedra.

Matías no quiere esperar, pero lo entretengo hasta que su hermano nos alcanza. Tiramos las piedras sobre el puente, yo también la mía, sujetándola con ambas manos, aún más grande y pesada. Las trombas se alzan y chocan entre sí. Cuando el flujo del agua allana de nuevo la superficie, le digo a Ian que se acerque.

Fíjate en la corriente: ¿la marea está subiendo o bajando?

Está bajando.

Eso.

El viento es fuerte y sopla hacia la tierra, irisa la superficie y forma pequeñas olas que parecieran adentrarse hacia la laguna, pero la corriente, por debajo, arrastra hojas y sargazos. Y él ya sabe, a sus siete años, que cuando el agua inunda la laguna la marea está subiendo, y cuando fluye de regreso hacia el mar está bajando. Aquí es muy evidente, por eso he usado la vista desde el puente para enseñarle.

Para eso venimos aquí, a este puente, a esta laguna, a este mar, a este Caribe.

Mis hermanos y yo crecimos pescando, cazando, viendo las flores y los árboles crecer y apoderarse de laderas de breves colinas, nadando en ríos y playas silvestres. Mi padre nos llevaban al mar en un camión de redilas, alquilado.

Y nos hacía sembrar cada semilla de la fruta que comiéramos.

Así se siembra el amor por los tuyos, por la familia, por el entorno, por la madre naturaleza. Con paciencia, dejándola hacer, observando con detenimiento, acompañándolos, aprendiendo de ella, y de ellos, todos los mensajes.

Andrés Jorge es escritor e imparte cursos de Storytelling: Sus novelas son Kali la oscura, Barcos que se cruzan en la noche, Te devolverán las mareas, Voyeurs y Pan de mi cuerpo.

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