Tuviste un segundo bebé, eres la misma persona, pero no la misma mamá, ¿sabes por qué?

Ser mamá por segunda vez



Soy psicóloga de profesión y madre de dos hermosos varones, el segundo tiene apenas 2 meses. No por ser psicóloga se sabe ser mamá, pues la maternidad no es cosa de estudios ni de conocimiento teórico y mucho menos de saber universitario. Frente a mis hijos, no soy psicóloga sino mamá, con sus dudas, su deseo inconsciente, sus angustias, sus alegrías, sus satisfacciones y un largo etcétera. La maternidad no es cosa de estudios sino de experiencia, no tanto en el sentido de un conocimiento adquirido por la práctica sino en el de vivir en carne propia un evento, de habitar un lugar. ¡Eso es!

*Por Pilar Assaël

Ser mamá es un espacio que cada mujer habita y habitando lo construye con su propio estilo.

Como la mayoría de las mamás, con el segundo bebé estoy mucho más relajada y otorgo menos importancia a aquellos detalles que con el primero eran ineludibles, como esterilizar los biberones, cambiar el pañal mínimo dos veces en las noches, verificar frecuentemente la respiración del bebé, escudriñar en su papá los gestos que yo consideraba torpes, ir corriendo a su cuna ante cualquier mínimo sonido que se asemejara, o no, a un llanto y tomar al bebé sistemáticamente en mis brazos… en dos palabras, me ocupaba o más bien me preocupaba todo el tiempo de él. Estaba un tanto angustiada.

Mi primer bebé lloraba mucho, ¡qué digo mucho! Muchísimo. Si no estaba prensado en el pecho o dormido, estaba llorando y como hacía siestas bastante cortas, en realidad los primeros 2 meses se la pasó en el llanto. ¡Hasta en los brazos lloraba!

A mi segundo bebé le gusta mucho dormir, y cuando llora generalmente se calma bastante rápido. A veces, lo que lo sosiega es estar en su cuna, viendo el techo. Lo que quiere decir que dejarlo en paz es tranquilizador. Nunca se me ocurrió tal idea con el primero.

Mis dos hijos son diferentes, cada uno tiene su estilo, claro. Cuando me refiero a su manera de llorar o de tranquilizarse en los primeros meses de vida, en realidad no los comparo entre ellos sino que me comparo yo; a pesar de ser la misma persona, no soy la misma mamá.

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Mucho se dice sobre la influencia que tiene la madre sobre sus hijos, la fórmula es más o menos la siguiente: el estado del bebé es proporcionalmente equivalente a la angustia de la madre. El saber popular lo dice así: “tu bebé siente tu angustia”.

¿Cómo está eso de que siente la angustia? No por ser psicóloga se sabe ser mamá, pero el psicoanálisis me permitió formalizar mi experiencia singular.

Con mi primer bebé me sentía absolutamente responsable de todo lo que le pudiera pasar. Como la mayoría de las mamás quería que se sintiera amado, intentaba darle lo mejor de mí. Mi bebé lloraba mucho y yo ante su llanto buscaba la mejor manera de calmarlo. Pero como buena primeriza, he de confesar que ese “su llanto”, a veces era un simple sonido quejumbroso que salía de su cuna. Sonido que producía en mí duda y, sí, acepto, preocupación, ¿qué le pasa? ¿todo está bien?…

Ahora reparo en que lo que sucedía era que yo me sentía la causa de su llanto, de sus dolores, de su sufrimiento, de su falta de sueño. Es decir que más que responsable, me sentía “culpable” de todo aquello que le pasaba. Si lloraba era porque algo yo no estaba haciendo bien o porque no estaba haciendo algo que debería hacer. Quien estaba en juego entonces era yo, no él. Mi cuestionamiento se dirigía a mí y mi lugar de mamá, no a él y su lugar de bebé recién llegado a este mundo, a la jungla salvaje que puede ser nuestro mundo. Así, pasaba mi tiempo buscando ese “hacer algo” para calmarlo, para que durmiera, para que no llorara; frecuentemente me cuestionaba  ¿qué estoy haciendo mal? Y me desvivía entonces por “hacer”, ahí en donde a veces lo que tranquiliza es no hacer nada y acompañar al bebé simplemente con una presencia reconfortante sin agitarse alrededor de él buscando una solución. Porque paradójicamente en vez de tranquilizarlo y ayudarlo a dormir o calmarlo, lo despertaba y angustiaba más. A veces la solución es aceptar que no hay solución.

El llanto de un bebé, en general, es su manera de expresarse, de estar en este mundo. No hace falta ser psicólogo para saber eso. Pero, a veces, las mamás primerizas nos preocupamos ante ese llanto pues lo interpretamos, inconsciente o conscientemente, como algo que no va bien.

Poco a poco fui encontrando mi lugar de mamá, a mi manera: en mi psicoanálisis, platicando con otras mamás, leyendo; dejé entonces de preguntarme qué estaba haciendo mal. Dicho de otro modo: ¡dejé de pensar en mí! lo que me permitió pensar realmente en mi bebé e identificar su ritmo propio. Logré así plantearme la posibilidad de que si dormía poco no era porque YO no estaba haciendo algo bien, sino porque en realidad necesitaba poco sueño. Y que si lloraba mucho era, seguramente, porque yo me agitaba intentando tranquilizarlo, lo que, claro, tenía el efecto contrario al deseado. Ese llanto era simple y sencillamente su manera de estar en el mundo, de habitarlo, de descubrirlo, de organizar su propia existencia.

Hiciera lo que hiciera, él iba a llorar. Descubrí luego que lo más tranquilizador no era intentar calmar su llanto sino aceptarlo y acogerlo sin querer suprimirlo a toda costa. El que la madre se coloque en el lugar de la causa del llanto de su bebé implica que inconscientemente ella se considera de la misma manera la única persona capaz de tener la solución, puesto que ella es la causa. Es decir que la madre se siente absolutamente indispensable. “Me necesita a mí y nada más a mí”. No hay cosa más angustiante para un ser humano que ser el objeto de ese deseo, pues en el fondo se trata aquí del deseo de la madre.

Haga lo que haga la mamá para evitar el sufrimiento de su bebé, éste lo experimentará en algún u otro momento. Y ella no es la causa. Nacer, vivir, no es fácil para nadie. En los primeros meses, el bebé experimenta toda clase de sensaciones con y en su cuerpo, desde el placer hasta el dolor más agudo, es casi como si estuviese en batalla con ese cuerpo que poco a poco lo hace suyo.

Como mamás nos corresponde hacer lo posible para que nuestros hijos se las arreglen con la vida sin sentirnos culpables de lo que les sucede y aceptando que al final la vida no es siempre como quisiéramos que fuera.

Como psicóloga tenía los elementos teóricos para saberlo, pero la experiencia intelectual no me bastó y me tomó tiempo el habitar mi lugar de mamá.

Con mi segundo bebé es otro cantar.

Por ejemplo, la reacción cuando estoy en el baño, tranquila leyendo un buen artículo y de repente escucho el llanto del bebé: con el primero, iba, a medio vestir, corriendo a su cuna, arrebatándolo de ella para tomarlo en mis brazos, pero segundos después recordaba que ¡no me había lavado las manos! Dilema. Si dejaba al bebé, lloraba, pero si lo mantenía en mis brazos, microbios. Hiciera lo que hiciera, preocupación. Así que obviamente ni en mis brazos se calmaba. Con el segundo, me tomo serenamente mi tiempo, cuando llego a su cuna le hablo con voz tranquila antes de cargarlo, segundos después se calma y me regala una de esas sonrisas de las que se desprende ese algo mágico por lo que la aventura de ser mamá ¡se vuelve una experiencia fascinante!

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