Pechuga Lechuga. El gato vegetariano

Pechuga Lechuga. El gato vegetariano



Pechuga Lechuga

El gato vegetariano

 

Desde que era una bolita de pelo, Pechuga ha sido un gato travieso, aunque también un poco miedoso, una combinación rara en gatos y común en niños.

Pechuga, ¡qué nombre más raro para un gato! ¿A quién se le pudo haber ocurrido? La mayoría de los felinos tienen nombres como Tigrito, Pety, Audifaz, qué se yo, nombres normales de gato. Una vez conocí a una gata que se llamaba Ramona, y su nombre le quedaba perfecto porque era muy peluda y gorda y tenía unos ojos apacibles que te invitaban a que la acariciaras.

Ramona vivía en una casa con jardín y parecía que no tenía una sola preocupación. En cambio Pechuga, todos los días se preguntaba algo nuevo acerca de su vida gatuna y muchas veces acudía con el viejo Bob para que se las resolviera. Bob era un perro labrador amarillo que vivía en una de las casas más bonitas del barrio. Era un buen perro y, claro, sus dueños le habían puesto un nombre adecuado para su raza, quizá un poco bobo, pero un nombre de perro.

¿Qué cómo fue que Pechuga consiguió su nombre? Pues es una historia que hay que contar en dos partes. Resulta que entre ciertas comunidades de gatos, los nombres se obtienen por haber hecho algo importante, gracioso o memorable.

Por ejemplo, te cuento cómo consiguió su nombre el gato Amo Pierre. Se llamaba sólo Pierre, un nombre normal que sus dueños, que tenía algo de franceses, terminaron poniéndole. Pero Pierre, que era un gato blanco y muy elegante y con algunas manchas color miel sobre las orejas, no quería llamarse sólo Pierre, le parecía simple y sin gracia. Sólo en los tejados de Francia debían vivir como cuatro millones de felinos algo narizones llamados Pierre. El caso es que mientras Pierre ideaba la manera de que su nombre tuviera más personalidad, se subía a la repisa más alta de la cocina y ahí se ponía a pensar; bueno, también se subía a dormir la siesta y a oler los guisos que preparaban cuando se acercaba la hora de la comida. ¡Vaya! se subía ahí hasta para tomar el sol. Esa repisa era el lugar ideal para un gato, era como un trono. Pierre pasaba horas allá arriba y de repente dejaba colgar una pata y otras veces las orejas sobresalían como dos pequeños conos de helado. Pero lo más graciosos era cuando dejaba caer su cola y, al moverse, pareciera que tuviera vida propia.

Pierre vivía en casa de las hermanas Rambú, tres niñas un poco latosas que siempre querían jugar con Pierre aunque a él no se le antojara.

—¡Ahí está! —dijo la hermana Rambú más pequeña después de haber buscado a Pierre durante todo el día. La repisa estaba tan alta que no había manera de bajar a Pierre a menos que él quisiera.

Cuando descubrieron dónde se metía, las otras dos hermanas y Nati, una amiga que iba a jugar con ellas, se acercaron a la repisa de Pierre y lo llamaron:

—¡Pierre, Pierre, baja, queremos jugar contigo! —decían todas muy gritonas y entusiastas. Pero Pierre sólo las miraba desde su repisa, y como sabía que no podían alcanzarlo, bostezaba, se estiraba y se volvía a acomodar sin prestarles atención. Entonces, a Nati se le ocurrió que podía llamar el interés de Pierre si levantaba las manos, brincaba un poquito y le pedía con mucho respeto:

—Pierre, Pierre, toca mi mano, por lo menos.

Interesado, Pierre levantó una oreja como cuando escuchaba abrir una lata de atún o revoloteaba una mariposa. Siguiendo el juego, las cuatro niñas brincaban y alzaban las manos llamándolo. El gato se sentó en su repisa y las miró divertido.

 De repente, Nati se acercó demasiado y Pierre alargó una pata para impedir que tocara su trono; lo hizo muy rápido como cuando tratas de tocar algo para comprobar que está caliente. Fue como si acabaran de inventar un saludo, un “clap” entre mano de niña y pata peluda de gato, y sin sacar las uñas, claro, porque aunque eran un poco latosas, Pierre quería mucho a las hermanas Rambú y también a Nati que, se emocionó mucho al sentir que Pierre le había dado un saludo con su pata. Nati dijo:

—¡El amo Pierre me tocó, me eligió para que jugara con él, es una señal de que somos amigos!

Y como las hermanas Rambú querían que la pata de Pierre las tocara también, todas se pusieron debajo de la repisa a jugar a ser elegidas por el amo Pierre:

—¡A mí, toca mi mano también, Amo Pierre!
—¡Yo, amo Pierre, yo!

Y Pierre, divertido y satisfecho, eligió con su pata peluda a cada una de las niñas y, después, cuando se cansó del juego, durmió plácidamente en su repisa, muy feliz de que ahora su nombre le gustara más que ningún otro.
Esa es la historia de Pierre, pero con Pechuga fue diferente, ni siquiera, se llamaba así cuando llegó al barrio Betabel, muy cerca del campo. Era aún pequeño y se había perdido.

     Se había separado de sus hermanos y su mamá atraído por el zumbido de una libélula. Ya era tiempo de que conociera el mundo, pero aún así se sentía un poco solo. Pechuga tuvo suerte, llegó a un vecindario amigable y pronto se hizo de amigos. Entre el amo Pierre, Camilo, Shakes y Bob le dieron la bienvenida y le compartieron comida y agua. Todos estaban muy sorprendidos de que no tuviera nombre.

—Tienes que conseguir un nombre —le dijo el amo Pierre, es muy importante. Y como todavía no tienes ninguno puedes conseguirte uno que no sea aburrido y normal como hay tantos. Los gatos somos como los indios piel roja, ellos también conseguían sus nombres así, haciendo algo que los definiera.
     Entonces, Pechuga, que te digo que en ese momento no era más que un gatito nuevo en el barrio, se puso a pensar qué podía hacer para conseguir un buen nombre, pero no se le ocurrió nada porque a veces mientras más piensas, menos cosas se te ocurren ideas. Y el pobre estaba todo apesadumbrado con sus ojitos color miel que parecían derretirse de lo triste que estaba.

—Es que es muy raro no tener nombre, Bob, —dijo Pechuga mientras se limpiaba las orejas con su pata derecha.
—Lo sé, chico, pero no te pongas triste, tienes un nombre, sólo que aún no lo has conseguido, y la verdad es que creo que eres afortunado porque puedes elegir uno que realmente te guste. A mí, por ejemplo, no me dieron a escoger…

A mí, por ejemplo, no me dieron a escoger, me llamo Bob y punto. No estaría mal que yo también me buscara un segundo nombre.
—A mí me gusta tu nombre, Bob, es corto y va con tu personalidad, —dijo Pechuga.
—Vaya, a mí también me gusta, pero también puedo tener otro, un solo nombre es algo aburrido. Así que ya ves, yo también tengo una misión. Somos un gato y un perro gatos en busca de nombre.
A pechuga se le movieron los bigotes hacia arriba, señal de que estaba sonriendo. Y es que debes conocer muy bien a los gatos para darte cuenta cuando algo los hace felices. En verdad sonríen.

Al día siguiente, Pechuga decidió que tenía que recorrer el vecindario. Debía averiguar por dónde subir a ciertos tejados y, sobre todo, ubicar las casas de todos los gatos que se iban volviendo sus amigos.

Estaban Tito, Salomé, Rómulo, y también Vica que era una perra salchicha muy inquieta que siempre estaba descubriendo cosas. Su cola delgadita y “mueve, mueve” de vez en cuando desordenaba las flores del jardín y los platos de comida de otros perros. A los niños muy pequeños les gustaba mucho estar cerca de Vica porque su cola no dejaba de moverse y les hacía cosquillas en las piernas.
Fue Vica quien se ofreció a enseñarle a Pechuga todo lo que un gato en ese vecindario necesitaba saber.

—Tienes suerte, gatillo, has caído en un barrio donde siempre hay algo que hacer y, además, los humanos que viven aquí respetan mucho a todos los animales, —dijo Vica haciéndose la chistosa poniéndole ese nombre al pequeño Pechuga.

—Oye, Vica que yo no me llamo gatillo.

—Ya lo sé, bigotón, precisamente porque todavía no tienes un nombre puedes escoger uno distinto cada día, eso es divertido. ¡Apúrate! que aún nos falta la mitad del vecindario y tengo que hablar muy seriamente con dos ardillas dentonas que insisten en desenterrar los huesos que están en mi territorio.

Mira, amigo, —continuó Vica— esta es la casa de la señora Bubaló, ella ama a los perros, a los pájaros, a los pericos, a los niños y creo que también a las mariposas. Por supuesto que también ama a los mininos como tú, aunque creo que nunca ha tenido uno propio. Si alguna vez tienes hambre o sed, ve con la señora Bubaló, ella seguramente tiene algo para ti será muy amable contigo aunque todo el mundo sepa que, definitivamente, quiere más a los perros.
Y así, Vica y Pechuga fueron recorriendo el vecindario. Él preguntaba y ella respondía muy sabedora de todo. Y cuando Pechuga no preguntaba nada de todas maneras Vica no paraba de hablar y explicaba y explicaba cosas, como hacen los maestros de escuela aunque ya nadie los esté escuchando. Y así siguió hasta que se encontraron a Bob en el camino.

—Hola, Bob, ¿qué hay de nuevo?

—Hola, chicos. Nada nuevo. Sólo hace un par de horas que pasaron por aquí. Eres un poco impaciente, Vica, vas a espantar a nuestro amigo.
—¡Ay, Bob!, no exageres, este bigotón ya me conoce.
Pechuga no decía nada porque tenía hambre y sólo pensaba en visitar la casa de la señora Bubaló para ver si recibía un poco de leche fresca, por lo menos. Pero, Bob, que sabía más cosas por los años perrunos que tenía, que por la herencia de sus ancestros zorros, le acercó con la nariz a Pechuga un suculento hueso para que saciara su hambre.

—Mira, chico, te guardé esto —Vaya, gracias, Bob, en verdad tengo hambre —y, mientras lamía el hueso, veía a los lejos el campo de flores amarillas y moradas que empezaban a crecer y se preguntaba a qué podrían saber esos pétalos de colores.

Al día siguiente el gatito sin nombre se levantó muy temprano y se dirigió como tenía planeado a casa de la señora Bubaló. Primero, con mucha cautela, se trepó al árbol más cercano para observar. La señora Bubaló tenía un amplio jardín y algunos pájaros picoteaban el pasto con mucha gracia. Durante toda la mañana no hubo rastro de la señora Bubaló; quizá, había salido antes de que Pechuga se levantara, así que bajó del árbol y se fue paseando por el sendero pensando en qué nombre le gustaría tener. De repente, el dulce olor de una flor hizo que Pechuga se lamiera los bigotes. Caminaba justo por donde crecían flores silvestres.

—¿Y si pruebo una? —Se preguntó el gatito como si comer flores tuviera algo de malo. Creo que las amarillas van mejor con la mañana, —dijo decidido a atrapar un pétalo con la lengua, como si tuviera lengua de camaleón…

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Gracias por ayudar a la creación de literatura para niños.

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