¿Por qué las mamás tenemos el oído más sensible?



No es que las mujeres amemos demasiado, es que escuchamos más, de hecho, mucho más que los hombres. Si nos detenemos un poco, los roces, fricciones y una buena parte de las alteraciones de la vida en común pasan por percibir muy diferente los decibeles y tonos que escuchamos.

Vamos en el auto, entra una canción que a él le gusta y se le ocurre subir el volumen ¡bum! Las mujeres percibimos sonidos más agudos, así que instintivamente y para no alterar mi sensible estado de ánimo, alargo la mano para bajarle un poco; y él a subirle: Qué me gusta, déjala alto. Pero bájale un poco, ¿porque tienes que ponerla tan alta? Todo lo quieres a tu modo, es increíble, ni siquiera la música puedo escuchar como me gusta…

Y es que no sólo es lo alto a nivel auditivo, sino que percibimos mejor los cambios en el tono de la voz y los cambios emocionales de nuestro interlocutor, así que el sonido nos lastima el oído y las palabras y el tono con el que son dichas, el corazón. En este caso, no se trata de tener el control de la situación —tal vez aplique con el control de la tele— es simplemente que cualquier canción a un volumen alto dentro de un espacio cerrado, nos aturde con mucha más facilidad y nos puede poner irritables.

¿Y por qué será que las mujeres escuchamos más?

En ocasiones como estas, me regreso a la mujer de las cavernas como ejercicio para entender lo que nos pasa a nivel evolutivo. En la cueva, debíamos ser capaces de percibir tanto los ruidos exteriores, como los cambios en la conducta de las crías; todo basado en la supervivencia y preservación de la especie. Nuestro cerebro femenino actúa como un radar receptor que nos permite recibir y analizar constantemente información del entorno. Tenemos mayor capacidad para distinguir los sonidos y clasificarlos por categorías. Mientras nuestro cavernícola iba tras el mamut, búfalo, antílope (uno a la vez), la mujer tenía que recolectar, cuidar de la cría, prender el fuego, hacer de comer, dar de comer, ir a la cueva vecina para intercambiar alguna que otra vianda y cuidarse de los depredadores, entre otras muchas acciones que la obligaban a estar alerta. Esto no es para nada nuevo, pero se nos olvida con demasiada facilidad insertarlo en las situaciones tan comunes que a veces crispan la relación hombre y mujer.

Escuchamos mejor el maullido del gato —el callejero y el nuestro—, la gotera, y ya no se diga cualquier quejido, mini llanto, estornudo o pedo que se eche el bebé desde que nace. Con la llegada del primer hijo —o el segundo, tampoco es que cambie mucho— nos sensibilizamos aún más y no sólo en el sentido auditivo, la intención de la sobrevivencia se duplica; hay que estar más alerta.

Y sí, las cosas en casa han cambiando y la repartición de roles en la crianza se han balanceado, ¡gracias a la evolución!, aún así, él puede estar frente a la pantalla de la computadora leyendo, viendo los resultados del básquet, trabajando en un súper proyecto, o lo que sea, mientras suena el timbre, el niño llora, el hermano le da por la cabeza al otro… y él seguirá concentrado en la pantalla (yendo tras el mamut). Escucha menos, mucho menos y se aprovecha cuando estamos cerca y atendemos primero cualquier cosa que haga ruido.

Las mujeres tenemos un puente entre nuestros hemisferios cerebrales; tenemos 30% más conexiones entre ambos hemisferios. Mayores conexiones permiten desempeñar a la vez dos o más tareas que no están relacionadas. El cerebro masculino tiene más habilidad espacial y de orientación, si hubiera un gatito perdido maullando, la mujer sería la primera en escucharlo, pero el hombre sabría mejor ubicar el sonido para encontrarlo.

Así que para llegar al gato, cazar al mamut o atinar vivir con amor, necesitamos aprender a escucharnos y sabernos diferentes.

Y los audífonos nunca sobran.

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